Palabras de Valentín Enseñat sobre “El derecho
y el revés” en la presentación del libro de Oscar López
Goldaracena e ilustrado por Alejandro Duffau
Me parecía bueno, en primer lugar,
empezar agradeciendo el estar acá, ocupando un lugar que
tradicionalmente está reservado a “personalidades” o “personajes”,
en esta ocasión no fue así, y creo que ese es un detalle más que
muestra lo que es el libro que hoy nos convoca, un libro donde hablan
a través de la sensibilidad del autor, los que han hablado poco, de
los que se ha hablado pero no tanto escuchado, aquellos, aquellas que
fueron bebes, niños o jóvenes en la dictadura. Hoy, años más
tarde, esos berrinches, esos sollozos, esos balbuceos no entendidos,
esas pataletas, esas angustias se hilvanan en oraciones que las
traducen y se cuentan.
Debo confesar que cuando me lo dieron
a leer, no pensé que me fuera a sorprender con cosas que no supiera,
idea estupida que se fue desgranando a medida que avanzaba en su
lectura, los cuentos que me erizaban la piel se me colaban por los
ojos que se hallaban detrás de una cortina permanente de lágrimas,
nada de lo que leía me era específicamente conocido, y cada cuento
era una nueva emoción, una nueva sorpresa, una nueva indignación. Y
en ese momento recordé algo que nunca debí olvidar y es que la
historia de los hombres, las mujeres, y los niños se hace de cada una
de las historias de hombres, mujeres y niños. “El derecho y el
revés” cuenta historias reales y personales que hacen a nuestra
memoria colectiva, memoria colectiva que es la construcción más
importante de nuestro presente y sin duda la herramienta más
importante para nuestro futuro.
Este libro cuenta dolores grandes de
personas chiquitas, relata vivencias, instantes, sensaciones, que nos
vuelven a sorprender, que a veces nos hacen doler e indignarnos otra
vez.
En este libro recordamos que tenemos
muchísimo que aprender de los niños, y que por lo tanto no solo es
importante atender, escuchar, respetar a los niños en general, sino
que también es importante recordar algo anterior y es que todos
fuimos niños, y que por lo tanto hay muchas cosas que también
podemos buscarlas escuchándonos a nosotros mismos.
Esta iniciativa, este libro de Oscar,
tiene de las dos cosas: son historias de niños, hoy hombres y
mujeres, escritos por alguien que conserva, que convive con su mejor
parte de hombre; el niño que el mismo fue.
Y atención con esto a los mal
pensados, que con esto no estoy tratando al autor de infantil o
inmaduro, sino todo lo contrario, para ser un hombre, una mujer, un
adulto integro, es necesario mantener viva la memoria de lo que uno
fue en todos los tiempos ¿Cuáles fueron nuestros sueños, nuestras
esperanzas, nuestros miedos, nuestras faltas? Y a medida que fuimos
creciendo, ¿qué fuimos haciendo con cada una de esas cosas, ¿cómo
las fuimos madurando u olvidando o haciendo qué?
Creo que Oscar es uno de estos
adultos, alguien que en el país de las caducidades creyó posible
enjuiciar y encarcelar dictadores, que va detrás de torturadores
creyendo en que algo de justicia es aun posible, que la verdad y la
justicia posible no es la que dictan los señores recatados y
acostumbrados al estado de cosas amargamente tristes e incambiables,
sino que la justicia posible es toda la que queramos las personas, es
toda la que merezcamos y seamos capaces de construir colectivamente.
La infancia, insisto, no es tan solo
una etapa en nuestras vidas que quedó atrás, es parte constitutiva
de nuestras vidas siempre, y de cada uno depende qué parte ocupa en
nuestras formas adultas de sentir, pensar y hacer. Lyotard, un
filosofo francés hablaba de la infancia del pensar, refiriéndose
así y destacando lo que el entendía como una actitud que debía
caracterizar a nuestro pensamiento y nuestra acción. Un poco más
atrás, hace 2500 años un pensador griego llamado Heraclito decía:
“Si no se espera lo inesperado, no se encontrará, dado que es
inencontrable y sin camino”. Esta capacidad de seguir
sorprendiéndonos, de no creer que ya todo lo sabemos, de pelear por
lo imposible, de soñar, quizás sean cosas que nos haga bien cuidar
de no perder cuando “maduramos”.
Cuando somos niños pensamos y
definimos todo en términos de buenos y malos, luego aprendemos o nos
enseñan a relativizar esta idea, y vemos que “los malos” a veces
cambian y que “los buenos” a veces también se equivocan. Más
adelante descubrimos que nosotros mismos tenemos cosas buenas y malas.
Y vemos que las cosas son más complejas y nos reímos de nuestras
antiguas y simplistas ingenuidades infantiles. Sin embargo, quizás no
sea tan disparatado seguir diferenciando en el mundo a quienes buscan
cosas buenas para sí y para el prójimo, de los que piensan y
construyen su felicidad sobre la desgracia y la opresión de otros.
Que convertirnos en adultos no sea
entonces, el peor de los adulterios: el de sernos adúlteros a
nosotros mismos, adulterando lo que fuimos. Que ser adultos signifique
crecer con lo que fuimos, no traicionarnos, y seguir aprendiendo y
seguir queriendo imposibles.
En definitiva que ser adultos,
maduros, responsables, no sea pasar a formar parte del mobiliario del
mundo que quisimos distinto, que ser adulto sea avanzar en el tiempo y
en experiencia sin soltar al niño de la mano, que ser adulto sea no
permitir que los sueños envejezcan hasta que alcancemos un tiempo en
el que la injusticia del mundo provocada por el hombre pase a ser
parte de un cuento que comience diciendo también: érase una vez…
Montevideo, 12 de setiembre de 2008
El libro “El derecho y el revés”
de Oscar López Goldaracena ilustrado por Alejandro Duffau de
Ediciones Letraeñe fue presentado el pasado viernes 12 de setiembre
en el teatro de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Junto a Valentin
Enseñat participaron en la presentación Mariana Albistur, Joaquin
Otero y el autor
(Uruguay) / RECOSUR
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